El cerebro del niño explicado a los padres

julio 23, 2023
Weldyn Quezada

Hoy en día, los papás y las mamás tienen más oportunidades que en ninguna otra época de la historia de acertar con sus hijos.

Neurocientíficos de todo el mundo llevan décadas tratando de descifrar cuáles son los principios en los que se apoya el desarrollo cerebral y qué estrategias son más efectivas para ayudar a los niños a ser más felices y a disfrutar de una plena capacidad intelectual.

Sabemos que lo que en gran medida ha hecho evolucionar a nuestra especie ha sido nuestra capacidad de transmitir valores y cultura de generación en generación, lo que nos ha hecho más civilizados y solidarios –aunque, en los tiempos que corren, pueda no parecer así–; una labor que el cerebro no puede hacer por sí solo y que necesita del trabajo atento de padres y maestros.

Otras investigaciones sobre el desarrollo cerebral arrojan datos según los cuales la estimulación temprana no tiene impacto alguno sobre la inteligencia de un niño sano.

También sabemos que programas como Baby Einstein, o escuchar música de Mozart, tampoco contribuyen al desarrollo intelectual del niño. Un niño que escucha música clásica puede relajarse y, por tanto, realizar mejor algunos ejercicios de concentración unos minutos después, pero nada más. Pasados unos minutos, el efecto se disipa.

Asimismo, disponemos de datos contundentes que demuestran que la exposición de los niños a teléfonos inteligentes, tabletas y otros dispositivos electrónicos eleva el riesgo de que presenten problemas de comportamiento o trastornos por déficit de atención. Estos datos indican también que este déficit está, sin lugar a dudas, sobrediagnosticado; es decir, hay un porcentaje relativamente elevado de niños que toman medicación psiquiátrica que, en realidad, no necesitan.

PARTE 1: FUNDAMENTOS

Disfruta el momento

Los primeros seis años son los más importantes en la vida de tu hijo. Durante esos años, se desarrolla la seguridad en uno mismo y en el mundo que nos rodea, desarrollamos el lenguaje, se asienta nuestra manera de aprender y las bases que en un futuro nos permitirán resolver problemas y tomar decisiones.

No se trata de llevar a tu hijo a complejos programas de estimulación temprana ni de llevarlo a la mejor escuela infantil de tu comarca.

Los valores, las normas, la perspicacia, la memoria y la capacidad para afrontar problemas se transmiten a través del lenguaje, los juegos, los gestos grandes y pequeños, y todos los demás detalles – pequeños en apariencia– que configuran la educación.

El cerebro del niño está diseñado para aprender a través del juego. Cuando jugamos con un niño, este entra en modo aprendizaje; todos sus sentidos se centran en la actividad, es capaz de permanecer concentrado, de fijarse en tus gestos y en tus palabras y de recordarlas mucho mejor que cuando lo instruimos o le ordenamos.

Conexión

Un bebé, al nacer, cuenta con casi la totalidad de los cien mil millones de neuronas que tendrá cuando sea mayor. La principal diferencia entre el cerebro del niño y el del adulto es que esas neuronas habrán desarrollado trillones de conexiones entre sí. A cada una de estas conexiones las llamamos «sinapsis».

Cuando hablas con tu hijo, cuando lo besas, o simplemente cuando te observa, su cerebro realiza conexiones que lo ayudarán a afrontar su vida como adulto.

Razón o intuición

La parte más externa del cerebro, a la que también llamamos «corteza cerebral», está dividida en dos hemisferios: el izquierdo y el derecho.

El hemisferio izquierdo controla los movimientos de la mano derecha y es el dominante en la mayoría de las personas.

Dentro de las funciones propias de este hemisferio se encuentra la capacidad de hablar, leer o escribir, de recordar los nombres de las personas, de ejercer el autocontrol o de mostrarnos proactivos y optimistas ante la vida. Podríamos decir que este hemisferio tiene un carácter racional, lógico, positivo y controlador.

El hemisferio derecho toma el control de la mano izquierda representa e interpreta el lenguaje no verbal, crea impresiones rápidas y generales, tiene visión de conjunto y es capaz de detectar los pequeños errores y corregirlos sobre la marcha. Su carácter es más intuitivo, artístico y emocional.

3 cerebros en uno

El cerebro reptiliano es el más primitivo de todos y se encuentra en la parte inferior. Es el cerebro que compartimos con los reptiles y el que nos permite luchar por nuestra supervivencia. En este cerebro se encuentran estructuras que hacen latir nuestro corazón y nos permiten respirar, otras que regulan los estados de alerta (estar despiertos o dormidos), detectan los cambios de temperatura y la sensación de hambre.

El cerebro emocional se basa su funcionamiento en la capacidad de distinguir emociones agradables y desagradables.

El cerebro racional nos permite tener conciencia de nosotros mismos, comunicarnos, razonar, ponernos en el lugar del otro o tomar decisiones basadas en un pensamiento más lógico o intuitivo.

Hasta el año de vida, los padres deben interaccionar principalmente con el cerebro primitivo del niño. En este nivel, de poco o nada sirve razonar con un bebé que se siente molesto o hambriento, ya que no es la parte racional del cerebro la que puede atajar el problema.

A partir del primer año de vida, la parte emocional del cerebro convive con la reptiliana, y los padres deben manejar distintos tipos de estrategias para ser capaces de dialogar tanto con los instintos más primitivos del niño como con sus necesidades emocionales de amor y seguridad. En este nivel, los límites, la empatía y, sobre todo, el afecto van a ser las estrategias más útiles para cualquier padre.

Alrededor del tercer año de vida, el cerebro racional cobra un gran protagonismo en la vida del niño. Es capaz de controlar sus instintos básicos y de dejarse guiar por su razón, su intuición y su voluntad.

Equilibrio

La mayoría de los papás y las mamás quieren para sus hijos dos cosas: que sean felices y que puedan valerse por sí mismos.

La inteligencia emocional y la racional se localizan en áreas bien diferenciadas del cerebro, y, por lo tanto, son independientes. Mientras que toda la corteza racional trata de conseguir que el niño se relacione con el mundo a través de sus habilidades intelectuales, el cerebro emocional es gobernado por las leyes de las emociones.

Sabemos que las personas que son capaces de equilibrar un buen tándem entre estos dos cerebros no son solo las más felices, sino también aquellas con mayor capacidad de alcanzar sus metas.

Educar con sentido común

Posiblemente, uno de los errores más comunes entre los padres, en lo que a la educación se refiere, es irse a los extremos. Curiosamente, esta actitud es relativamente frecuente entre los padres que más leen y que se informan acerca de cómo deben educar a sus hijos.

Cuando el cerebro recibe un exceso de información o esta es contradictoria reacciona de manera ansiosa, lo que provoca que la persona se aferre solo a una parte de la información y olvide otros datos igualmente importantes y complementarios.

PARTE II: HERRAMIENTAS

Motivar la conducta del niño

«Nunca desmotives a alguien que está progresando, por muy despacio que lo haga.» - PLATÓN

Una parte muy importante de la labor de los padres consiste en enseñar al niño a conseguir satisfacer sus motivaciones dentro de la cultura en la que vive.

Para poder acomodar con éxito las normas en el cerebro y permitir así que el niño sea capaz de conseguir sus metas, siguiendo las «reglas del juego», tienen que darse dos condiciones. En primer lugar, se debe asegurar que el niño reciba la recompensa adecuada cuando su conducta es adecuada. En segundo lugar, se deben marcar las normas estableciendo límites y haciéndolos valer.

Los niños desarrollan una parte considerable de sus habilidades intelectuales y emocionales a través de la observación y de la imitación.

El cerebro dispone de un circuito de neuronas cuyo principal fin es aprender a través de la observación. Cada vez que el bebé observa cómo su papá dice su nombre, este circuito, conocido como «neuronas espejo», comienza a imaginar que sus labios y su lengua toman la misma posición.

Cuando el niño ve a su madre ser respetuosa y afrontar los problemas con calma, o, por el contrario, perder los nervios y tratar a otra persona con desdén, su cerebro es capaz de imaginarse a sí mismo actuando así, como un espejo que refleja lo que ve.

De poco sirve que intentemos, con todas nuestras ganas, que nuestro hijo desarrolle un estilo de pensar positivo si los comentarios que escucha de su padre o de su madre son pesimistas.

Es casi imposible inculcar el respeto a los demás si el niño escucha a sus padres criticar y criticarse. Difícilmente vamos a transmitir al niño la fuerza para defenderse ante el abuso si ve que nos dejamos avasallar una y otra vez por nuestro jefe, por nuestra hermana o por nuestro esposo. Si para ti es importante que tu hijo sea sincero, sé sincero con él y con las demás personas.

Todo padre, toda madre y todo maestro tienen la responsabilidad de educar desde el ejemplo y, por tanto, puedes utilizar esa oportunidad en beneficio propio.

Demuestra a tu hijo cómo se comporta el mejor tú, demuéstrale cómo defiendes tus derechos, cómo alcanzas tus metas en el trabajo, en las relaciones sociales o en tu búsqueda de felicidad.

Reforzar las conductas positivas

Si sabes recompensar al niño, si sabes cuándo y cómo debes premiar su conducta, habrás ganado el 90 % de la batalla de la educación y que, asimismo, la crianza de tus hijos será infinitamente más satisfactoria para ambos.

Reforzar significa recompensar. Recompensamos cuando damos al niño algo valioso después de que realice una acción.

Todo padre, cuando está intentando educar a su hijo, en definitiva lo que quiere es que aprenda, que realice conexiones en su cerebro que le permitan ser autónomo, conseguir sus metas y ser feliz. El niño va a aprender de ti hábitos, formas de pensar, principios, valores y conocimientos. Si consigues asociar las acciones que crees que son beneficiosas para él con la recompensa de que se sienta satisfecho o reconocido, lo ayudarás a que su conducta esté motivada de una manera adecuada.

Cuando recompenses a tu hijo debes hacerlo de una manera proporcionada.

El tipo de refuerzos o recompensas que elegimos también son muy importantes, porque hay algunos que son poco eficaces o, incluso, contraproducentes y otros que son más satisfactorios para el niño y, por lo tanto, más efectivos.

Por lo general, y aunque pueda parecerte lo contrario, los refuerzos materiales son menos gratificantes y, en consecuencia, menos efectivos que los refuerzos emocionales por dos motivos:

En primer lugar, porque el cerebro asocia mejor grupos de neuronas que están próximos, es decir, asocia mejor una conducta socialmente adecuada con una actividad social que con un objeto material.

En segundo lugar, porque el juego con el adulto provoca una reacción emocional distinta que la del muñeco; el juego con el adulto es más efectivo a la hora de activar las neuronas que crean dopamina, y, por lo tanto, el refuerzo de la conducta adecuada es más fuerte.

El peligro de utilizar recompensas materiales va más allá de que no resulten eficaces. Cada vez que das un refuerzo a tu hijo estás dándole un mensaje, lo estás educando en valores.

Cuantas menos recompensas materiales, mejor.

Si no quieres que tu hijo utilice la comida como una forma de sentirse bien consigo mismo, te recomiendo también que no la utilices como recompensa.

Cómo regla general, te recomiendo que estimules a tu hijo con una recompensa social. Es decir, que le agradezcas, lo felicites, le otorgues algún pequeño privilegio, como ayudarte a sacar la basura, o que le regales tu tiempo para sentarte en el suelo y jugar al juego que él prefiera.

Es muy importante que tengas en cuenta los gustos y las preferencias de tu hijo a la hora de seleccionar las recompensas.

Sea como fuere, intenta recordar que la recompensa no debe ser el motor del niño, sino la consecuencia agradable que ayude a que las conductas positivas se repitan y se motiven espontáneamente.

Refuerza a tu hijo con reconocimiento, tiempo y cariño, y deja a un lado las recompensas materiales y la comida. Evita ofrecer a tu hijo recompensas o premios a cambio de su comportamiento, y, por el contrario, ayúdalo a sentirse satisfecho cuando hace lo que le pediste o se porta adecuadamente. Presta mucha atención al cambio, a las cosas que tu hijo está haciendo mejor, y valora siempre sus progresos y su intención, más que el resultado final.

Alternativas al castigo

La mejor estrategia para motivar una conducta positiva en el niño es fijarnos en sus buenas conductas. ¿Cómo podemos corregir entonces las conductas negativas, para poder así centrarnos en las positivas? Buscando alternativas al castigo.

Tres consecuencias negativas que todo padre y educador debería evitar:

La primera de ellas es la de enseñar al niño a utilizar el castigo contra los demás como forma válida de relación. La segunda es que facilitan la aparición de la culpa. La tercera; las consecuencias que tiene el castigo es lo que enseña al niño sobre sí mismo.

Cada vez que le decimos al niño cualquier frase que empiece por «eres», el cerebro del niño guarda esos datos en una estructura llamada «hipocampo» que está encargada de almacenar todos los conocimientos sobre el mundo y sobre sí mismo, que van a permitirle tomar decisiones en la vida.

Alternativas al castigo

Un castigo-trampa es una llamada de atención, un enfado o un castigo en el sentido más clásico de la palabra que, en lugar de desmotivar al niño para que haga algo, lo motiva más. Los castigos-trampa aparecen cuando el niño, que normalmente no recibe la atención suficiente de sus padres –pasan poco tiempo con él, no saben reforzar sus conductas positivas–, aprende que, haciendo las cosas mal, sus padres le hacen caso.

• Ayúdalo a conseguirlo: El objetivo de todo castigo suele ser que el niño aprenda y consiga sus metas.

• Establece consecuencias.

• Cambia la perspectiva.

• Reparar las acciones: Cuando un niño pega a su hermano, corregir el daño significa pedirle perdón y darle un beso.

Acuérdate de que un buen amigo no se queda quieto esperando a que lo vengan a saludar, sino que te encuentra a mitad de camino. Tú también puedes ayudar a tu hijo a cumplir con lo que le pides, encontrándolo a medio camino. En vez de enfadarte y frustrarte, ¡ayúdalo a sentirse un campeón!.

Poner límites sin dramas

Los límites son esenciales en la educación del cerebro. Los padres también tienen que poner límites a sus propias necesidades y deseos para que su hijo experimente los límites normales que hay en la vida. Incluso un trastorno tan extendido como el déficit de atención es en gran parte un trastorno causado por la falta de límites.

Poner límites a las conductas poco adecuadas es muy importante, porque estamos evitando que se establezcan conexiones entre sus neuronas que no van a favorecer su desarrollo intelectual, emocional y social.

Las siete reglas para poner límites sin drama

Hay otra parte importante que debemos tener en cuenta a la hora de poner los límites: la necesidad del niño de conseguir sus metas.

1. Pronto: Si pones un límite la primera vez que observes una conducta que no te gusta o que no creas adecuada, evitarás que se produzca una primera conexión negativa en el cerebro del niño y, por lo tanto, tendrás mucho menos trabajo en un futuro, porque estarás evitando que la conducta negativa se desarrolle.

2. Antes: Cuando veas que tu niño va a hacer algo que consideras peligroso o negativo para su desarrollo, intenta frenarlo antes de que ocurra.

3. Siempre: La clave para que los límites se hagan valer está en que estos estén claros y presentes en su cerebro en todo momento.

4. Consistentemente. De nada sirve que el papá del niño no le deje ver dibujos por la mañana si su madre se lo permite de vez en cuando.

5. Con tranquilidad. Parte del secreto de poner límites de una manera efectiva consiste en que los padres se mantengan dentro de los confines de la tranquilidad.

6. Con confianza.

7. Con Cariño.

Tener límites que el niño pueda romper cuando nosotros lo concedamos nos va a permitir enseñarle que en la vida hay que ser flexibles, y que algunas normas cambian en función de las circunstancias, además de permitirnos tener una vida familiar más adaptable.

Empatía

«¿Podría darse un milagro más grande que el de ser capaces de mirar a través de los ojos del otro?» HENRY DAVID THOREAU

La principal dificultad para echar mano de la empatía como herramienta del desarrollo cerebral es que la mayoría de las madres y la infinita mayoría de los padres tienen dificultades en el manejo y el conocimiento de sus propias emociones.

Si quieres empatizar con tu hijo, es importante que sepas sintonizar con sus emociones. A la hora de dar respuestas empáticas que conecten con el niño es tan importante acertar en la frecuencia emocional como en la intensidad.

Está claro que hacer un único comentario empático a un niño enrabietado en la fila del supermercado no va a disolver la rabieta inmediatamente. Hay que insistir. Conviene ir dando al niño unas cuantas respuestas empáticas, a la vez que vamos calmándolo y animándolo a estar tranquilo.

La empatía no solo se refleja con las palabras. Una mirada de comprensión, una caricia, un beso o un abrazo pueden ayudar a entender mucho más que una palabra.

Para escuchar al niño con empatía es importante desconectarnos de nuestro mundo de adultos, escapar de nuestros dogmas y prejuicios. Ponte en el lugar del niño, entra en su mente infantil e intenta pensar cómo se siente. Cómo te sentirías tú si estuvieras en su lugar.

Comunicación

«La mayor influencia en la educación se encuentra en la conversación que se da en casa.» WILLIAM TEMPLE

La buena comunicación ayuda al niño a conectar ideas, emociones y estilos de pensamiento.

Gracias a una infinidad de estudios sabemos que la comunicación entre padres e hijos es la principal vía de desarrollo intelectual durante los primeros años de vida.

Cuando el niño se siente acompañado, la tarea parece más amena y sencilla que cuando tiene que hacerla solo.

Algunos estudios demuestran que desde que tenemos un año y medio de edad sentimos el impulso de ayudar a quien lo necesite. El niño de esa edad es capaz de acercar los objetos que la otra persona no puede alcanzar, y a medida que se hace mayor tiende a consolar a quien esté triste y a ayudar al otro siempre que pueda o se lo pidan.

Si consigues implicar al niño en tu curso de pensamientos, entenderá mejor lo que sientes y lo que necesitas de él y habrá mayor probabilidad de que colabore contigo.

En lugar de decirle: «Tienes que poner la ropa sucia en el cesto y ponerte el pijama», prueba a preguntar: «¿Qué prefieres hacer primero: ponerte el pijama o tirar la ropa sucia al cesto?». Así, una situación que normalmente es difícil para el niño se convierte en un momento positivo.

PARTE III: INTELIGENCIA EMOCIONAL

Educar la inteligencia Emocional

«Si tus habilidades emocionales no están desarrolladas, si no eres consciente de ti mismo, si no eres capaz de manejar tus emociones estresantes, si careces de empatía y afectividad en tus relaciones, no importa lo inteligente que seas, no vas a llegar muy lejos.» DANIEL GOLEMAN

El cerebro emocional está presente en todas las acciones de tu vida cotidiana. Una de las principales aportaciones de la inteligencia emocional ha sido la de poner en valor los sentimientos y las emociones de las personas.

Las personas con mayor inteligencia emocional no son solo más felices, sino que también toman decisiones más acertadas, tienen más éxito en los negocios y son mejores líderes.

Vínculo

Si disfrutaste de unos padres amorosos, sentirás el mundo como un lugar bueno y seguro. Si alguno de ellos era excesivamente autoritario, duro o exigente, es posible que sientas que tienes poco valor, que tus problemas no son importantes o que te cueste sentirte satisfecho contigo mismo y con los demás.

Para muchos psicólogos, el vínculo que se establece entre padres e hijos es la clave de la autoestima. Cuando un niño se siente seguro y querido incondicionalmente, crece sintiéndose una persona valiosa y que merece sentirse bien.

Ayudar a tu hijo a tener una buena autoestima es ofrecerle la posibilidad de una vida feliz. Piénsalo bien, el mundo está lleno de personas que lo tienen todo y que sin embargo se sienten desgraciadas.

Sin un vínculo de confianza y seguridad, el niño puede tener serias dificultades para relacionarse con los demás y con el mundo.

La verdadera unión de una familia no se forja por los lazos de sangre, sino a través del cariño y del respeto mutuo. Para el niño, el apego comienza en el vientre materno.

El contacto físico y las miradas que van a compartir irán afianzando y fortaleciendo esa unión que, si se cuida adecuadamente, durará toda la vida.

Las rutinas ayudan mucho a que el bebé se sienta calmado y seguro. Ser constantes con los espacios e, incluso, con las palabras que utilizamos durante los primeros meses para cambiarlo, vestirlo o acostarlo también va a ayudarlo a sentirse más seguro.

Junto con el contacto físico, los cuidados más básicos que las madres y los padres tienen con sus hijos son la principal manera de construir el apego. Darle el pecho, prepararle la comida, vestirlo, limpiarlo, bañarlo o llevarlo a la escuela o al pediatra; en definitiva, ocuparte de las necesidades del niño es esencial para ofrecerle una sensación de seguridad y apego.

Cada vez que sostienes a tu hijo en brazos, le cepillas el pelo, lo abrazas o lo llevas a la escuela de la mano nuestros cerebros generan oxitocina, lo que hace que cada vez estén más unidos.

Si quieres mantener a tus hijos cerca de ti y ayudarlos a confiar en ellos mismos y en el mundo, evita incumplir tu palabra o utilizar la mentira para conseguir lo que quieres.

El cerebro no puede permanecer cerca de alguien que miente o incumple su palabra. Le genera repulsión y desconfianza. En la relación padres/hijos, faltar a la palabra o mentir acabará provocando que el niño se aleje psicológicamente de sus padres.

Que al final del día el número de comentarios positivos que has regalado a tus hijos supere con creces el número de órdenes, instrucciones o comentarios negativos.

Confianza

«Mi padre me hizo el mejor regalo que se puede hacer a un hijo. Creyó en mí.» JIM VALVANO

No hay nada que haga llegar más lejos a una persona que sentirse capaz de lograr aquello que se propone. Como decía Roosevelt: «Si tienes confianza en ti mismo, ya has recorrido la mitad del camino». La otra cara de la autoestima está en la confianza.

Hay un gen en el cromosoma 17 que predispone a cada uno de nosotros a tener un mayor o un menor grado de confianza. Hay niños arrolladores y hay otros tímidos.

Todos los niños tienen la capacidad de tener un alto grado de confianza en sí mismos. Solo necesitan las condiciones propicias; sentir la responsabilidad y la confianza de cuantos estén a su alrededor.

Con frecuencia la falta de confianza nace de la propia desconfianza de los padres.

Sin lugar a dudas, una de las cosas que más perjudican la confianza del niño es el exceso de celo o protección.

Cuando un niño se enfrenta a un desafío, a una situación de la que puede no salir airoso, su cerebro adquiere un estado de afrontamiento.

Hay dos grandes protagonistas en el cerebro en lo que a confianza se refiere. En primer lugar, tenemos a la «amígdala» y funciona como una alarma. En segundo lugar, el lóbulo frontal en el cerebro racional ejerce una función de control, ofreciendo al niño la posibilidad de dominar el miedo y de seguir.

Siempre que hay una situación de cierto peligro estas dos partes del cerebro libran una pugna para ver quién tiene más fuerza.

Si gana la amígdala, el niño se sentirá asustado. Si gana el lóbulo frontal, dominará el miedo.

Si sus padres se pasan todo el día preocupados por su salud, seguridad o bienestar, el cerebro del niño solo puede entender dos cosas: que el mundo es peligroso y que no es del todo capaz de enfrontarse la vida por sí mismo.

Ante cualquier desafío o novedad, el niño sentirá en su amígdala una señal de alarma que lo hará reaccionar con miedo, buscando huir del reto y escondiéndose detrás de la falda de su mamá. Sin embargo, aquellos niños en los que sus padres han depositado más confianza serán capaces de activar los circuitos de afrontamiento y de mantenerlos firmes incluso ante la incertidumbre.

La confianza del niño es igual a la confianza de los padres en el niño elevada al cuadrado.

Todo niño puede hacerse responsable de muchas tareas que conciernen a su educación y cuidado. Cuanto antes comience a realizarlas, menos duro le parecerá hacerlas y más confianza adquirirá en sus propias capacidades.

Puedes empezar desde el mismo momento en que el niño empieza a caminar.

A medida que crecen puedes enseñarles a echar la ropa sucia al cesto, a recoger su taza cuando terminan de desayunar o a limpiar aquello que ensucian.

No es ningún castigo si tú lo tratas con toda la naturalidad que tiene el hecho de que ellos mismos se ocupen de sus cosas en la medida en que puedan ir haciéndolo.

Una buena manera de ayudar a tu hijo a tomar mejores decisiones es dejarlo decidir, permitirle tomar decisiones guiándose por sus instintos y confiar en que aprenda de sus errores.

Está claro que se equivocará, ¿quién no lo hace? Lejos de prevenir cada uno de sus errores, la mejor estrategia consiste en enseñarle a confiar en sí mismo y ayudarlo a aprender las lecciones positivas y negativas de estos.

Crecer sin miedos

Ayuda a integrar experiencias traumáticas.

Cuando una persona asustada habla y describe lo sucedido, su hemisferio izquierdo (el que se encarga de hablar) comienza a comunicarse con el hemisferio derecho. De esa manera tan sencilla estarás facilitando que la parte verbal y lógica de su cerebro ayude a la parte visual y emotiva a superar la experiencia.

El niño recordará el suceso, pero ya no lo vivirá con la misma angustia.

Hablar con un hijo de una situación traumática requiere de calma –tú puedes estar tan asustado como él–, paciencia –puede tardar un buen rato en calmarse–, un poco de fe –ya que esta actuación puede ir en contra de tu primera reacción, la de tranquilizar al niño– y de una alta dosis de empatía.

Es natural que tu primera reacción sea quitarle importancia. Al fin y al cabo, si consigues convencer al niño de que no está asustado, tú también te quedarás más tranquilo. Sin embargo, lo importante no es convencer a ninguno de los dos de que el susto no fue nada, al que hay que convencer es a su cerebro.

El niño debe sentir mucha cercanía y que lo comprendemos perfectamente, de lo contrario, sentirá que nos reímos de él.

También es muy importante repasar el relato dos o tres veces a lo largo de los próximos días. Cuanto más procese el niño verbalmente las imágenes e impresiones, más se integrará el evento.

Cuando un niño pequeño está triste o asustado no hay nada que lo ayude más que hablar de ello con una persona que lo comprenda perfectamente.

Ayúdalo a afrontar sus miedos

Existen dos tipos de miedos: los instintivos y los adquiridos. Los miedos instintivos son los que aparecen en el niño de una manera natural, sin que haya una experiencia previa que los haya provocado.

Los miedos adquiridos aparecen cuando una experiencia previa condiciona que sintamos miedo en una situación similar.

Asertividad

«No te preocupes si tus hijos no te escuchan... te observan todo el día.» MADRE TERESA DE CALCUTA

El término «asertividad» hace referencia a la capacidad de la persona de decir lo que piensa de una manera respetuosa. La persona asertiva es capaz de expresar lo que no quiere o no le gusta, pero también lo que quiere o sí le gusta, de una manera tan clara como respetuosa.

Todos los expertos coinciden en que la asertividad ofrece grandes ventajas a quienes la aplican. Se sienten más seguros con ellos mismos, reducen la cantidad de conflictos con otras personas y son más eficaces a la hora de alcanzar sus metas.

La asertividad es más notoria en personas que tienen altos niveles de confianza.

Gracias a las neuronas espejo el cerebro del niño ensaya y aprende el repertorio de conductas que observa en sus padres.

En el caso de la asertividad, la observación de conductas asertivas en los padres parece ser determinante. Así, si el niño observa que su papá o su mamá se enfrentan a los pequeños conflictos interpersonales con claridad y respeto, desarrollará un estilo de comunicación asertivo.

La asertividad se aprende a través de los pequeños gestos y de las conversaciones con los padres que aparecen en el día a día del niño.

Cuando decimos al niño una mentirijilla, este aprende a decirlas y, lo que es peor, aprende que hay que ocultar ciertas cosas. Las personas asertivas no dicen mentirijillas, sino que expresan sus opiniones y decisiones tal como las sienten.

Las personas poco asertivas reaccionan con agresividad por miedo a sentirse pisoteadas o con resignación por no sentirse seguras acerca de lo que pueden y no pueden pedir.

Estos son los principales derechos que en casa transmitimos a nuestros hijos:

• Derecho a ser tratados con respeto y dignidad.

• Derecho a tener y a expresar sus sentimientos y opiniones.

• Derecho a juzgar sus necesidades, establecer sus prioridades y tomar sus propias decisiones.

• Derecho a decir «no» sin sentir culpa.

• Derecho a pedir lo que quieran.

• Derecho a cambiar.

• Derecho a decidir qué hacer con sus propiedades y su cuerpo, mientras que no se violen los derechos de los demás.

• Derecho a equivocarse.

• Derecho a tener éxito.

• Derecho a descansar y aislarse.

• Derecho a no ser asertivo: Ser asertivo en condiciones normales es, sin duda, la mejor opción, pero en la vida no todas las situaciones ni las personas son normales. No limites el repertorio de comunicación de tu hijo y dale un poco de cancha para que en distintos momentos reaccione de distinta manera. Es pequeño. En ocasiones lo más normal es que tenga miedo.

Todos nos enfadamos, discutimos y nos equivocamos, pero si enseñas a tu hijo a decir lo que piensa cuando está callado, lo estarás ayudando a ser una persona más asertiva; a expresar lo que siente y a pedir lo que quiere. Y sabrás que será capaz de defenderse aun cuando las circunstancias hagan que se sienta un poquito asustado.

Sembrar la felicidad

«La felicidad no es algo ya hecho. Llega de tus propias acciones.» DALÁI LAMA

• Aprender a tolerar la frustración: El niño tiene que entender que «NO» es una palabra común, porque la va a escuchar muchas veces en su vida. Puedes ayudarlo a entenderlo si se lo explicas, si lo sostienes en brazos o si lo abrazas cuando esté desbordado, utilizando la empatía, pero, sobre todo, si lo ayudas a ver que, en ocasiones, las cosas simplemente no pueden ser.

• Evita colmar todos sus deseos: En primer lugar, que la felicidad no se puede comprar. En segundo lugar, que en la vida no podemos tener todo lo que queremos y, en tercer lugar, que las personas se sienten felices por cómo son y cómo se relacionan con los demás.

• Ayúdalo a cultivar su paciencia: Atiéndelo lo antes posible, pero con toda la calma y la confianza que te da saber que tu bebé puede soportar un poquitito de frustración. A medida que crece, puedes ayudarlo a manejarse mejor con la frustración enseñándole a respetar los límites, especialmente en lo que al tiempo se refiere.

• Dirige su atención hacia lo positivo: No hay mejor receta para ser una persona infeliz que pensar constantemente en las cosas que no tenemos. Las personas felices, sin embargo, dirigen su atención a aquellas cosas que son positivas.

• Cultiva el agradecimiento: Da las gracias y recuerda a tu hijo la importancia de ser agradecido con las personas.

En concreto, se ha demostrado que las personas que tienen hobbies y que son capaces de sumergirse en una actividad como pintar, hacer deporte o cocinar, hasta el punto de perder la noción del tiempo, son más felices que las que no.

Asimismo, puedes ayudarlo a alejarse de aquellas cosas que no le gustan o le hacen sentir mal.

Saber elegir las amistades es también clave para el bienestar emocional.

PARTE IV: POTENCIAR EL CEREBRO INTELECTUAL

Desarrollo intelectual

«El juego es la manera preferida de nuestro cerebro de aprender.» DIANE ACKERMAN

¿Por qué alguien querría entrenar a sus hijos para tener una ventana al mundo exterior más pequeña, breve o fragmentada? La verdad es que no lo sé. Seguramente tiene que ver con la idea, ampliamente extendida, de que los videojuegos y las aplicaciones para niños ejercitan la mente y potencian el desarrollo cerebral.

Sin embargo, sabemos que las aplicaciones del móvil, los videojuegos y la televisión no tienen ningún efecto positivo en el cerebro.

De la misma manera que los niños enganchados a los dulces han perdido el gusto por otros alimentos menos dulces –alimentos que en otras épocas y culturas eran y son auténticas golosinas, como la fruta–, el niño que juega a los videojuegos corre el riesgo de perder la ilusión por todo lo demás. El problema solo puede empeorar con los años, pues los pocos estímulos lo suficientemente gratificantes para hacer olvidar al núcleo estriado su amor por las pantallas y los videojuegos son las drogas, el juego y el sexo.

En 2010, cuando un periodista le preguntó a Steve Jobs cuáles eran las aplicaciones del iPad favoritas de sus hijas de quince y doce años, este respondió: «No lo han usado todavía. Mi esposa y yo limitamos cuánta tecnología utilizan nuestras hijos». Bill Gates también es muy restrictivo con respecto al uso que sus hijos hacen de las pantallas. Gates no permitió que sus hijos utilizaran el ordenador o Internet hasta que tuvieron diez años de edad.

La American Academy of Pediatrics (Academia Estadounidense de Pediatría) ha recomendado que los niños menores de seis años no usen pantallas, y la Clínica Mayo – una de las instituciones médicas más prestigiosas de Estados Unidos– recomienda limitar su uso en estas edades para prevenir.

Reducir el tiempo de televisión y pasar tiempo con tu hijo, jugando con él, ayudándolo a concentrarse, es el mejor seguro para la atención de tus hijos.

Ayudarlo a permanecer concentrado, desarrollar un estilo de conversación en el que no haya saltos, realizar ejercicio físico o crear una atmósfera adecuada puede contribuir a conseguirlo.

Memoria

Los padres saben muy poco acerca de cómo ayudar a sus hijos a desarrollar su capacidad de memoria. En la mayoría de los casos, no se lo han planteado, no saben cómo hacerlo o confían en que en la escuela los enseñen a memorizar.

Por desgracia, ninguno de estos enfoques es muy acertado. Sabemos que la memoria del niño se estructura, principalmente, durante los primeros años de vida, y que los padres son los grandes protagonistas de esta estructuración.

Desde hace años, los investigadores se han interesado por las razones por las cuales a los seres humanos nos gusta tanto crear historias.

La mayoría de los científicos apuestan a que se trata de una manera eficaz de recordar el pasado e imaginar el futuro, pero en lo que todos coinciden es que narrar la propia vida y contar historias imaginarias ayuda a estructurar y a organizar la memoria del niño. De hecho, el niño elabora sus propias historias para poder recordarlas.

Este estilo comunicativo se caracteriza por que las mamás elaboran mucho las narrativas, ordenan los sucesos temporalmente, hacen hincapié en los detalles ocurridos y centran la atención del niño en aquellos momentos que fueron divertidos o positivos.

Cuanto más ordenados sean los recuerdos, más fácil es encontrarlos.

En la mente del niño, muchos sucesos están desparejados y almacenados sin un orden lógico o temporal que facilite evocar su recuerdo. Por ello, cuando conversemos con un niño acerca del pasado, conviene hacerlo de una manera ordenada, como en una secuencia de relatos que permita hilar cada suceso con el siguiente.

Así, el pequeño comenzará a recordar en orden, y eso le permitirá acceder a los recuerdos con mayor facilidad.

Ayudar al niño a recordar pequeños detalles le servirá para desarrollar una memoria cada vez más clara y definida.

Dar mayor claridad a una narración es tan sencillo como ayudar al niño a recordar detalles que no son necesariamente relevantes.

Hablar sobre el pasado y ser capaces de hilar lo que ha ocurrido recientemente con hechos más lejanos y, a su vez, con el pasado remoto, puede ayudar a que la memoria desarrolle una mayor capacidad de alcance y agilidad en la recuperación de los recuerdos.

Una excelente manera de ayudar a tus hijos a tener una memoria con mayor alcance es dialogar cada noche con ellos sobre lo ocurrido durante el día o evocar en distintas circunstancias anécdotas que ocurrieron en situaciones parecidas.

Los recuerdos de nuestra vida, aquellas experiencias que por una u otra razón merecen ser recordadas, se almacenan en el «precúneo», una región de la corteza cerebral posterior.

El precúneo funciona como una especie de curriculum vitae de nuestra propia vida. Cuando el currículum muestra experiencia para un campo determinado, el candidato se presentará al puesto de trabajo sabiéndose el mejor candidato.

Es importante que ayudes a tu hijo a integrar las experiencias emocionales hablando sobre ello. Otra razón por la que es necesario reconocer al niño esos recuerdos es porque para su cerebro puede ser importante recordarlos.

Lenguaje

«Si quieres que tu hijo sea inteligente, léele cuentos. Si quieres que sea más inteligente, léele más cuentos.» ALBERT EINSTEIN

Es la herramienta más importante de la que dispondrá a lo largo de su vida para aprender, relacionarse y conseguir lo que desea.

De hecho, la riqueza de vocabulario es la variable que más influye en el cociente intelectual.

Desde el nacimiento puedes hablar con tu hijo, calmadamente, pero de una manera fluida. Los papás no solemos saber qué decirle a un bebé que no responde y, sin embargo, son muchas las cosas que puedes hacer.

Puedes describir lo que vas viendo por la habitación, explicarle qué estás cocinando, lo que has hecho en el trabajo o simplemente explicarle lo que está pasando en el partido de fútbol.

Intenta hablar al niño de frente para que te mire mientras hablas, pues gran parte del desarrollo del habla ocurre gracias a la imitación de las posturas de los labios y la lengua.

Es importante no limitar la comunicación al entorno más cercano. Muchos papás y mamás pasan los primeros meses en una especie de burbuja en la que todo el universo del niño se limita a las cuatro paredes de su casa, el parque y el supermercado.

Ampliar el círculo social del niño no solo mejorará su capacidad para comprender mensajes, sino que enriquecerá su vocabulario.

Otra manera de ampliar su universo es a través de las canciones y de la lectura, pues son una manera eficaz de exponer al niño a nuevas palabras, que escuchará una y otra vez desde la más tierna infancia.

Los niños se aprenderán las letras de memoria y estarán ampliando su vocabulario de una manera divertida.

Dar instrucciones puede ser un juego complejo y estimulante para mejorar la comprensión y la capacidad de tu hijo de trabajar con las palabras.

Si lo ayudas a prestar toda la atención cuando le estás dando instrucciones y también cuando notas que no ha descifrado o retenido todo el mensaje, verás cómo progresa rápidamente.

Inteligencia visual

La capacidad para percibir, interpretar y construir figuras en el espacio es una de las seis áreas clave que pueden contribuir al desarrollo intelectual de tu hijo.

Los puzles, Legos o el clásico juego de bloques de construcción harán la delicia de cualquier niño.

Familiariza al niño con el lenguaje visual

Puedes utilizar adjetivos que describan el tamaño (grande, pequeño, alto, bajo, gordo, flaco, grueso, fino, diminuto), la forma (curvo, recto, puntiagudo, romo, circular, rectangular, ovalado) o su estado (lleno, vacío, torcido).

Así, en vez de decir: «Voy a poner el juguete aquí», puedes probar con algo un poco más espacial como: «Voy a poner el juguete sobre la mesa», o en vez de decir: «La muñeca está guardada», puedes decir: «La muñeca está guardada dentro del armario que está junto a los abrigos».

En lugar de torcer la esquina y decir: «Vamos por aquí», podemos decir: «Vamos por la calle de la derecha». «¿Qué está más lejos, el supermercado o la escuela?», «¿Tú crees que esa sandía cabe en esta bolsa?»

Lo más conveniente y entretenido para los niños es comenzar por dibujar el plano de la habitación donde estén.

No hay ninguna evidencia a favor de su uso en niños pequeños y, sin embargo, sí que hay evidencia en contra.

Cuando el niño tiene tan solo dos años, podéis comenzar a poner cara de contento, triste, enfadado o sorprendido y, poco a poco, aumentar el repertorio con emociones más complejas, como la indecisión, el aburrimiento o el nerviosismo.

Autocontrol

«Si eres capaz de conquistarte a ti mismo, conquistarás el mundo.» PAULO COELHO

Cuanto mayor es la capacidad de autocontrol del niño, mayores serán sus logros académicos y su integración social.

La inteligencia ejecutiva es el conjunto de habilidades que permiten a la persona decidir metas, realizar planes para conseguirlas, llevar a cabo esos planes y valorar los resultados.

¿Cómo podemos ayudar al niño a ganar autocontrol?

Para conseguirlo no hay otro remedio que exponer al niño a cierto nivel de frustración. Intenta calmar sus necesidades pronto, pero no con urgencia.

Dile con tranquilidad o confianza que ya va a llegar lo que espera, ayúdalo a concentrarse en otra cosa que desvíe la atención de la incomodidad. Intenta esta

Tener el terreno despejado para trabajar (preparar), decidir cuál es la parte por la que queremos empezar (priorizar) y decidir cómo vamos a seguir (planificar) van a permitir que el niño comience a adquirir el control que necesita para materializar sus propósitos en resultados que lo llenen de satisfacción.

Las personas que son capaces de prever las dificultades, ahorrar o trabajar hoy para recibir una recompensa mañana también experimentan grandes beneficios, igual a como los niños consiguieron dos malvaviscos en lugar de uno. Enseñarles a pensar en el futuro puede formar parte del día a día de todos los niños.

Aunque el autocontrol es posiblemente la habilidad cognitiva que mejor predice el éxito académico y social, una de sus mayores virtudes estriba precisamente en saber cuándo aplicarlo y cuándo no.

Creatividad

«Todo niño nace siendo un artista. Lo difícil es seguir siendo un artista al hacerte mayor.» PABLO PICASSO

Numerosos estudios ponen de manifiesto que la creatividad, a diferencia de otras funciones cognitivas, tiene su punto álgido en la infancia y se va perdiendo a medida que el niño crece.

Como decía Einstein: «La lógica puede llevarte desde el punto A hasta el punto B, pero la imaginación puede llevarte a cualquier lado».

La diferencia entre el cerebro dormido y el cerebro despierto es que en gran medida los límites, las regulaciones y el miedo a la censura se disipan. El cerebro de los niños es más creativo que el de los adultos porque todavía no ha incorporado ese gran filtro de censura que son las normas y las conveniencias sociales.

Dale herramientas para expresar su creatividad: Ofrécele un lugar para crear donde tenga hojas de papel y lápices de colores, plastilina, Legos o construcciones.

Ofrecer libertad para que el niño potencie su deseo de aprender y de expresarse es, en gran parte, una cuestión de confianza.

Recuerda que tú eres un modelo para tus hijos. Utiliza la creatividad en el día a día. No cocines siempre lo mismo, atrévete a innovar y crear en la cocina. Sé creativo cuando los ayudes a hacer tareas del cole y utiliza toda tu imaginación cuando juguéis juntos.

Para ayudar al niño a conservar su creatividad, lo importante no es que dibuje bien, que sepa las respuestas o resuelva acertadamente los problemas, sino que utilice su imaginación para pensar. A lo largo de su vida esta habilidad será tan importante como todas las demás juntas.

Todos los expertos en creatividad coinciden en que cuanto menos intervengan los padres, mejor. También es importante no reforzar en exceso. Puedes decirle si te gusta o no te gusta, puedes hacerle ver que entiendes lo que ha querido hacer, pero evita calificar sus «obras de arte» u «ocurrencias» con palabras como «bien» o «mal». Recuerda que lo importante es el proceso, no el resultado.

Todos los días los hijos tienen cientos de ideas inconexas que a veces los padres nos encargamos de corregir.

Las ideas de los niños son tan originales que a veces los adultos no sabemos apreciar su verdadero valor. Yo te animo no solo a que disfrutes de su mundo, sino también a que lo ayudes a conectar cosas que están distantes entre sí. Si tu hija lleva un chubasquero de rayas, puedes preguntarle qué otras cosas tienen rayas. Ella puede decirte que una cebra, un paso de peatones o un pijama de presidiario.

Conclusiones

Lo más importante para tu hijo y para su cerebro es que estés presente.

Enriquecer las conversaciones padre/madre/hijo, cultivar la paciencia y el autocontrol y promover la inteligencia emocional son estrategias valiosas y con sentido.

Utilizar la empatía, ayudar a integrar experiencias de alta carga emocional, enseñar al niño a escuchar tanto a su razón como a su emoción a la hora de tomar decisiones y ayudar a su lóbulo frontal a ejercer autocontrol cuando la situación lo requiere enriquece el diálogo entre la inteligencia emocional y la racional.

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